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miércoles, 17 de febrero de 2010

Educar la mirada

Entrevista a Carlos Skliar




Educar la mirada puede sonar, entre otras cosas, a una indicación de que cosas mirar o de cómo interpretar lo que miro. ¿Qué es educar la mirada, qué relación tiene con otros lenguajes que intervienen en la educación?

Es cierto que varios estudiosos han venido dándole vuelta a esa expresión “Educar la mirada” y que hay más de una controversia en ese sentido. En principio yo trataría de evitar una definición formal y normativa y propondría empezar a trabajar con cuatro o cinco posibilidades al mismo tiempo. No sólo para prevenir los recambios de eufemismos a los cuales, generalmente, estamos habituados en la educación (es decir, esa creencia que consiste en transferir la educación de la palabra a la educación de la mirada pero con el mismo dispositivo), sino también, justamente, para tratar de no darle un carácter moral a la definición, sustraerla de cierta sospecha de imperativo.
De ahí que digo que se han pensado de modos muy distintos el sentido de “Educar la mirada”. La forma más básica, que yo contesto, supone inmediatamente la coexistencia de un doble control; no solo el control educativo tradicional implicado en el término “educar” (el de los individuos, el de las poblaciones, el de los países) sino también el control sobre la mirada de los otros, el control sobre cómo habría que mirar, qué habría que mirar, dónde habría que mirar, etc. En una época donde todo se ha vuelto visible o posible de ser visto, quizá lo visual sea incontrolable, indescifrable, a la vez que cotidiano y familiar. Hay tanto un exceso y saturación frente a la imagen como una sensación de anorexia visual: frente a la pluralidad y multiplicidad de imágenes estamos debilitados para poder ver, para poder entender y para poder producir algo con los efectos de lo apenas visto. Por eso nos hemos vuelto depositarios de lo que se ve pero no tenemos participación ninguna en la construcción de las imágenes.
Pero “Educar la mirada” no puede ser sólo pensado como el aporte que le dan las imágenes a la pedagogía. Más bien creo que se trata de multiplicar las formas de mirar, de multiplicar las posibilidades de mirar todo aquello que las imágenes producen. No se trataría tanto de pensar con qué imágenes trabajo, qué imágenes acompañan contenidos o qué imágenes deberían ser presentadas, sino de las formas de mirar, de los modos en que al mirar esas imágenes producimos algún tipo de sensibilidad, memoria y pensamiento.
Todavía hay mucho para pensar acerca de la relación entre pedagogía e imagen. Es cierto que ese cruzamiento, esa intersección es inexorable; pero también es verdad que aún hay que pensar mucho acerca de si estamos frente a un viraje visual, así como en los umbrales del siglo pasado estábamos frente a un viraje lingüístico. Digo esto porque hoy estamos frente a sujetos atravesados fundamentalmente por la imagen y no por la palabra, lo que crea, entre otras cosas, una encrucijada educativa.
De todos modos, mi posición está claramente ligada al entendimiento de la educación como donación, como un ofrecimiento. Eso quiere decir que interpreto “educar la mirada” no tanto como el efecto que provocan las imágenes (tanto fijas como en movimiento) sino como el efecto que provocan las miradas en el acto de educar. Sabemos que hay miradas que ven borrosamente, que manchan y miradas asesinas, que matan. Por eso insisto tanto en trabajar sobre las miradas que posibilitan, que acompañan, que ayudan, que donan un tiempo y un espacio al otro. Miradas, en síntesis que por un lado no permiten la existencia de otro y miradas que abren esa posibilidad. Demás está decir que hay miradas que impiden, que estorban, que prohiben, que niegan, que hielan. “Educar la mirada” también es un ejercicio de repensar y reelaborar cómo miramos a quien miramos. Y aquí deberíamos, quizá, volver sobre ciertos abordajes moralistas y moralizantes de la imagen: se insiste demasiado en hablar sobre la imagen, sobre si una imagen es correcta o incorrecta, buena o mala, si hay límites en lo que se da a ver, cuando en realidad lo que deberíamos pensar es en una relación estética.
Hoy asistimos a toda una incapacidad de mirarnos en educación. Hasta hace poco pensaba que la incapacidad estaba centrada en la dificultad por conversar, pero ahora creo que hay algo anterior, algo definitivamente ausente: el encuentro de miradas. Esto es particularmente álgido con los jóvenes, porque cuando las diferentes generaciones están juntas en los escenarios educativos, se miran con desidia, con desconfianza, con desprecio, con recelo, o no se miran. Como si fuera posible enseñar, en su sentido clásico de transmisión, ignorando la mirada del otro, descartándola, desahuciándola.
Me gusta mucho algo que el poeta Alberto Caeiro sugirió en un breve texto: la oposición entre mirar por primera vez y conocer. Como si el hecho de conocer impidiera la posibilidad de mirar algo por vez primera. Como si conocer fuera negarse a ver. Como si conocer fuera dejarse de sorprender, abandonar la afección que nos provoca lo mirado. Para mí, “educar la mirada” tiene que ver también con educar para recuperar una mirada quizá infantil, quizá ingenua, pero para nada primitiva: una mirada de sorpresa, de implicación, de envolvimiento con lo visto.
Por eso creo que la pedagogía debería ser un modo de sorpresa y no una habituación, la renovación de lo sensible, lo estético, un alerta hacia las miradas que desprecian, subestiman y denigran a los demás. En relación directa con la imagen esto quiere decir que hay que recuperar la posibilidad de ser afectados por lo visto, eludiendo desde ya las posiciones benéficas o salvacionistas o populistas. Si vemos todos los días imágenes horrorosas de las guerras y ya todo da igual, quiere decir que no incomodan, que no perturban, que no te quitan de tu hábito; allí la educación tiene una tarea puntual: recuperar la afectación por el dolor de los demás, posicionarse frente a lo indigno y producir miradas renovadoras. No es poca cosa ¿verdad? Hay que ofrecer otros modos de mirar la pobreza, otros modos de mirar lo femenino y lo masculino, otros modos de mirar la infancia, otros modos de mirar la violencia. Por lo menos hay que quitarse de la literalidad de la imagen, renunciar a la simplicidad y poder instalarse en ese sitio un tanto incómodo que es el de la ambigüedad de la imagen y la ambigüedad de la mirada.


¿Como ves, en este contexto que planteás, la relación entre la mirada y lo mirado?

La mirada produce intensos efectos sobre lo mirado. Hoy es habitual el fenómeno de una mirada de cercenamiento, de prohibición, de burla, de empequeñecimiento. Las imágenes están contribuyendo de modo decisivo a configurar una mirada de rechazo a la diferencia. Y la mirada tiene mucho que ver con algo que yo he llamado “diferencialismo”, es decir, la producción de sujetos diferentes a partir de la atribución de rasgos de anormalidad, extranjeridad, alteridad negativa, etc. Veamos la paradoja: mientras más frecuentes se vuelven los lenguajes de la aceptación, el reconocimiento, el derecho a la diferencia, más sujetos indiferentes existen. Tomemos como ejemplo el caso de los inmigrantes “ilegales” en Europa. Hay una fotografía ejemplar en este sentido: se trata de una playa del sur de España donde dos turistas blancos toman alegremente sol, mientras a su lado hay dos cuerpos negros muertos por ahogo y tapados con una toalla multicolor. La mirada de los bañistas esquiva los cuerpos yacientes. Como si no existieran, como si a pesar de la tragedia, lo importante es seguir tomando el sol. Allí es la mirada la que está esquiva, la que asesina, no el aparato jurídico. Probablemente quienes tomaban sol estuvieran comentado “qué cosa éste mundo”, “hay que ver cómo están las cosas”, “qué terrible la vida de esta gente”. Pero su mirada era de otro tipo, indiferente, alejada, ausente. Por eso creo que la relación entre la mirada y lo mirado es una relación ética y no jurídica, es decir, es una relación planteada en términos de cómo nos miramos y cómo, al mirarnos, producimos efectos políticos, sociales, culturales y, por cierto, educativos.
Todos los diferencialismos son el producto de ver y dejar de ver: diferencialismo quiere decir, ya se sabe, sexismo, racismo, infantilización, etc., y aún cuando se insiste mucho en los dogmas mediáticos, las ideologías y las literaturas que lo sustentan, creo yo que hay algo de la mirada que lo posibilita: ¿cómo miro al extranjero? ¿Cómo miro al miserable? ¿Cómo miro al drogadicto?
Así es que retornamos a una cuestión anterior: las miradas que manchan y las miradas que matan. Mirar de esa manera significa expulsar al otro, no apenas rechazarlo, sino quitarlo de tu campo visual. Ese ensañamiento es productor de políticas excluyentes, a no dudarlo. Tal vez por eso mismo es que digo que hay miradas que salvan, no en el sentido religioso de la palabra, sino en su carácter ético.


Pero entonces ¿Qué es la mirada?

Si lo que hay ante una imagen es exposición, la mirada es claramente una posición, un punto de partida, una dimensión inaugural, posee un valor de principio: revela la posición de quién mira, desde dónde mira, qué altura se atribuye al mirar, en cuál posición deja o ubica a quien es mirado. No se trata tanto de mencionar su dispositivo biológico ni el aparataje cultural que lo gobierna, sino los modos de posicionarse al mirar y al mirarse. En educación el tema de la posición es prioritario, porque se mira desde una superioridad aparente, desde una jerarquía moral, y quien enseña parte de esa posición y no parece que desea abandonar ese privilegio de su mirada.
Hay cientos de explicaciones acerca de cómo se construye la mirada pedagógica y quizá sea necesario hacer mención a la tradición de entender la formación y el saber como posición de desigualdad (desigualdad de saberes, de edades, de experiencias, de funciones). Si bien la mirada ofrece una dualidad compuesta por focos y por bordes poco explorados, sabemos que en las instituciones educativas se toman decisiones a diario producto de la naturalización de la mirada. Más allá del lenguaje técnico y especializado, más allá de los legajos e historiales, más allá de las evaluaciones y diagnósticos, incluso más allá de las relaciones puntuales al interior de las aulas, notamos que ciertas decisiones acerca de quien podrá o no podrá aprender, quien podrá o no podrá incluirse, quien podrá o no podrá “tener” futuro, dependen mucho más de un juego (muy serio, muy grave) de miradas. Miradas que tienen que ver con el poder, es cierto, pero también con la posición desde la que parten, del lugar donde se forman y de los sujetos a los que van destinadas.
Creo que la formación docente también tiene que ver con ese “educar la mirada”: cómo mirar a la infancia, cómo mirar a los pares, cómo mirar las familias, cómo mirar los ambientes, cómo mirar el saber, cómo mirar, en fin, los sentidos probables del acto de educar.


Finalmente, si pudieras sintetizar tu posición, desde algunas categorías de análisis ¿Cómo agruparías estas ideas?

Me parece, entonces, que está claro que hay cuatro categorías de análisis implicadas en la expresión “educar la mirada”: la primera emparentada con el doble control (educativo y visual); la segunda relacionada más con cierta subestimación del lenguaje y un exceso de valoración de la imagen, esto es, una suerte de auge y apreciación excesiva de la imagen por sobre la palabra; la tercera que, como expresé, tiene más que ver con la posición de la mirada y los efectos que de allí se derivan; y una cuarta, que no hemos explorado aún pero que me parece interesante, porque tiene que ver con aquello que no se ha mirado todavía, es decir, trabajar a partir de lo que supone que otros no han visto y deberían ver, deberían tener la posibilidad de ver y que remite a una cierta tradición pedagógica digamos “reparadora” o bien “compensatoria”.
De todos modos el “mundo” le ha puesto las cosas muy difíciles a la educación ¿verdad? ¿Cómo trabajar estas cuestiones si, por otro lado, se insiste en cierto tipo de imágenes y de miradas convencionales, autoritarias y superfluas?
Quizá, quitándome de toda grandilocuencia de lo que significa cambiar en la educación y cambiar a la educación, me parece que debemos recuperar algunos gestos mínimos como condición para educar a alguien. Gestos (y creo que la mirada también es un gesto) que ayuden a la existencia del otro, a su afirmación, a su vitalidad, a su porvenir. Gestos, como la mirada, que son decisorios a la hora de intentar hacer algo con lo que se es.

Publicada en Revista “Sin puntero”. Director: Sergio Kipersain. Editor: Carlos A. Tolosa. Nro 3. Julio de 2009

1 comentario:

jose villarroya dijo...

también hay otras imágenes en las que alguna bañista española (en sus mecidas vacaciones) da de mamar a dos niños llegados en una patera con la madre desaparecida.
También es importante quién pone el objetivo a la cámara